Crónica de una caminata solitaria tras la lluvia

Este martes, entre las tres y las cuatro de la tarde, Concepción del Uruguay vivió un momento inusual. Luego de una lluvia intensa que se extendió desde el mediodía hasta pasadas las dos y media, el cielo se despejó de golpe, el sol apareció con fuerza y la ciudad quedó en silencio. Fue entonces cuando algunos decidieron salir a caminar por la zona de la Defensa Sur, ese rincón donde el verde se mezcla con el río y el viento todavía tiene voz.

La escena parecía detenida en el tiempo. El pasto de la cancha de San Lorenzo —ahora vacía, reluciente y sin un solo charco— brillaba bajo el sol. Ningún chico jugaba, ningún perro corría. Solo el rumor del viento entre los árboles y el sonido leve del agua contra las piedras del Itapé. La ciudad, que horas antes estaba en movimiento frenético, se mostraba ahora calma, lavada, con el aire limpio después del aguacero.

Caminar por la Defensa Sur después de la lluvia fue casi como recorrer otra ciudad. El puente que conduce a la Isla del Puerto estaba desierto. Ni ciclistas, ni runners, ni autos interrumpían el silencio. A lo lejos, un patrullero de la Policía de Entre Ríos cruzó la defensa y estacionó bajo la arcada de ingreso a la isla, como si también buscara ser parte de esa postal distinta.

La playa del Itapé, habitualmente poblada, se encontraba vacía. El río, planchado y brillante, reflejaba un cielo sin nubes. A esa hora, el viento suave traía olor a tierra mojada, y el sol, todavía tibio, marcaba el regreso de la calma. No se escuchaban motores ni bocinas, solo el murmullo de las hojas que volvían a moverse.

Minutos después, el paisaje empezó a transformarse. Algunos vecinos salieron con sus bicicletas, otros aprovecharon para trotar o simplemente asomarse a mirar el río. Pero durante un breve rato, Concepción del Uruguay quedó suspendida en una extraña quietud.

Esa caminata solitaria, tras la lluvia, fue una crónica breve de paz en medio del ritmo cotidiano. Un paréntesis luminoso entre el ruido del día y la vida que siempre vuelve, cuando el sol seca las calles y la ciudad respira otra vez.


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