El único monumento al soborno, en el mundo; está en Buenos Aires

Por: Daniel Ventresca (*) 

Los argentinos no solo somos campeones del mundo en fútbol, automovilismo o boxeo; también lo somos en creatividad y audacia. La misma audacia que tuvo el creador del único monumento a la coima que existe en el mundo.

Si uno transita por la Avenida 9 de julio, principal arteria del centro de Buenos Aires, en dirección hacia el sur; en determinado momento y en la intersección con la Avenida Belgrano, se encontrará de frente con un edificio de dimensiones colosales que se presentará de manera exponencial ante el impávido caminante. El gigante de piedra supo ser el primer rascacielos del país y la sede del antiguo Ministerio de Obras Públicas. Actualmente allí se desempeñan las oficinas del Ministerio de Desarrollo Social, órgano principal para la seguridad de millones de personas que se ven afectadas por falta de recursos económicos. Este gran rascacielos fue construido en la década del `30 y su inauguración fue en tiempo record. Posee un estilo racionalista y para su época resultó de gran atractivo por su monumentalidad y detalles acabados. En él pronunció su último discurso Eva Perón antes de su deceso. Allí también, fueron dirigidas las bombas de la Fuerza Aérea, en el golpe de Estado de 1955. Una edificación que supo soportar las vicisitudes de la historia, incluso antes de ser estrenado, ya que la construcción de la Avenida 9 de Julio, puso en duda el emplazamiento de dicho edificio, peligrando de forma definitiva su anhelada inauguración. El arquitecto de la obra fue el reconocido Alberto Belgrano Blanco que debió sortear burocráticos obstáculos para poder terminarlo. Los “favores” a funcionarios de la época, la financiación del proyecto, los cambios políticos e incluso la discusión acerca de su uso, fueron apenas algunas de las trabas que tuvieron que saltar los involucrados en la obra.

Finalmente, y en tan solo dos años, el edificio de 22 pisos estaba listo para su inauguración. Para la ocasión desfilaron destacadas autoridades del gobierno. Los diarios de la época se hicieron eco de su estreno y la obra fue inaugurada con bombos y platillos. Aunque durante su construcción todavía quedaban algunas objeciones para su destino, se eligió como sede del Ministerio de Obras Públicas y funcionó allí hasta bien entrada la década de 1990.

Entre los detalles de ornamentación, la obra posee los escudos de las provincias argentinas, catorce en total en aquel momento. Pero lo que llama atención entre las alegorías del edificio, son dos estatuas que coronan sus esquinas. Dos esculturas estilo art decó se erigen por sobre los vértices de la torre para coronar así el majestuoso edificio. Sin embargo, una de ellas sostiene un cofre donde guardaría el oro que atesora con recelo y con gran disimulo extiende una mano, abriendo la palma de la misma, en expresión a la espera para recibir una coima. Se dice que el arquitecto utilizó este recurso en venganza por todos los obstáculos burocráticos que tuvo que, sortear y porque el poder ejecutivo en muchos momentos intentó abortar el proyecto, pues primaba la realización de la Avenida 9 de julio, que se topaba con la edificación. Aunque no hay prueba escrita o documento que certifique en los planos la erección de las esculturas, lo cierto es que, a través del tiempo, el monumento a la coima o el soborno, ha atravesado gobiernos y dictaduras y ha sabido llegar hasta nuestros días para ser observado, admirado y custodiado. Es un recuerdo que nos alerta sobre las tramas de corrupción que suceden aún hoy en estas latitudes y para reflexionar sobre la curiosa manera que tuvo su creador para denunciar los cohechos.

(*) Historiador. Universidad de Buenos Aires. Periodista y escritor especializado en historia social.

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