La Iglesia Católica tiene un nuevo líder espiritual: el estadounidense Robert Francis Prevost fue elegido este jueves como el sucesor de Francisco en el Vaticano. La fumata blanca, que emergió desde la Capilla Sixtina, marcó el esperado anuncio del nuevo papa ante miles de fieles reunidos en la Plaza San Pedro. A partir de ahora, será conocido como León XIV, el pontífice número 267 en la historia del catolicismo.
Prevost, de 68 años, nació en Chicago el 14 de septiembre de 1955. De madre de ascendencia española, se vinculó a la Orden de San Agustín desde joven y desarrolló una sólida carrera eclesiástica que combinó formación académica, vocación pastoral y experiencia internacional. Vivió varios años en Perú como misionero, país que lo acogió con la nacionalidad en 2015. Desde enero de 2023, era prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina.
Su elección como papa no sorprendió del todo. Con una destacada formación —doctorado magna cum laude en Derecho Canónico por la Universidad Angelicum de Roma— y una trayectoria que abarca responsabilidades en múltiples diócesis y organismos del Vaticano, Prevost representaba una figura de consenso entre los 133 cardenales que participaron del cónclave. Fue nombrado cardenal por el propio Francisco en 2023, consolidando así su cercanía al pontificado anterior.
El nombre León XIV elegido por Prevost no es casual. Remite directamente a León XIII, recordado por su encíclica Rerum novarum, publicada en 1891, que sentó las bases de la Doctrina Social de la Iglesia. En ella, se defendía la dignidad de los trabajadores, se exigían condiciones laborales justas y se promovía la intervención del Estado en cuestiones sociales. La elección de este nombre parece enviar un mensaje claro: su papado podría retomar esa mirada comprometida con los desafíos sociales del presente.
Durante sus años en Perú, Prevost fue clave en la formación de nuevos religiosos, el fortalecimiento de las comunidades y la enseñanza del derecho canónico. Su tarea en Trujillo, Chiclayo y el Callao lo convirtió en un referente de la Iglesia latinoamericana. También fue vicepresidente de la Conferencia Episcopal Peruana y miembro de al menos siete dicasterios vaticanos, además de integrar la comisión para el Gobierno del Estado de la Ciudad del Vaticano.
La tradición de cambiar el nombre al asumir el papado tiene una larga historia. Comenzó en el siglo VI, cuando el papa Mercurio decidió llamarse Juan II para no portar el nombre de un dios pagano. Desde entonces, cada pontífice elige un nombre que simboliza su visión, su inspiración o su compromiso. En el caso de León XIV, todo indica que buscará liderar una Iglesia con fuerte sensibilidad social, como lo hizo León XIII a fines del siglo XIX.
Con la elección de León XIV, la Iglesia inicia una nueva etapa. Quedará por ver cómo se posiciona frente a los desafíos del siglo XXI: la desigualdad, el medioambiente, los cambios culturales y el rol de la religión en un mundo en transformación. Pero su historia, su nombre y su formación ya dan pistas de un liderazgo que promete continuidad con el legado de Francisco, pero también una mirada firme hacia el futuro.
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