Primera Parte: ¿Entre Ríos es Macondo?

Una mirada sobre la construcción de un relato político que presenta cada gobierno como un nuevo comienzo y sobre los riesgos de convertir el pasado de Entre Ríos en un adversario.

Por: Juan Martín Garay (*)

Entre Ríos no nació el 10 de diciembre de 2023. Pero una parte central del relato político de Rogelio Frigerio parece necesitar que lo creamos. La construcción de una nueva provincia, la modernización, las reformas, el cambio de época: todo parece comenzar con su llegada al gobierno. El problema de los relatos fundacionales es que, para fundar algo nuevo, primero necesitan convertir el pasado en un problema.

¿QUÉ ES MACONDO?

Macondo es el pueblo imaginario de Cien años de soledad, la novela de Gabriel García Márquez. Pero es mucho más que un escenario literario: es una comunidad atravesada por guerras, gobiernos, revoluciones, proyectos de modernización, conflictos y fracasos; una comunidad que, generación tras generación, parece condenada a repetir aquello que no consiguió comprender. Macondo es, en definitiva, una metáfora sobre la memoria y sobre lo que ocurre cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocer su propia historia y cada generación vuelve a presentar como descubrimiento aquello que ya fue vivido.

Por eso Macondo sirve para pensar la política y, particularmente, una forma de hacer política que necesita presentar cada gobierno como un nuevo comienzo. No como una descripción de Entre Ríos, sino como una advertencia: una sociedad empieza a parecerse a Macondo cuando pierde la capacidad de distinguir entre lo que se dice que está ocurriendo y lo que efectivamente ocurre.

FRIGERIO Y LA NECESIDAD DE FUNDAR

Rogelio Frigerio llegó al gobierno de Entre Ríos con una promesa política clara: cambiar, modernizar, ordenar, transparentar, transformar. Desde el comienzo, su administración construyó buena parte de su identidad alrededor de esos conceptos. En 2024, el propio gobernador definía como objetivo construir el gobierno “más austero, más transparente, más abierto y más moderno” de la historia de Entre Ríos. Nada de eso es objetable por sí mismo. Una provincia puede necesitar reformas, un Estado puede necesitar ser más eficiente y las instituciones pueden necesitar modificaciones.

El problema aparece cuando el cambio deja de ser una política y comienza a convertirse en una identidad de poder. Porque entonces ya no alcanza con gobernar: hay que demostrar permanentemente que se está inaugurando una época. Y ahí aparece el relato fundacional, que necesita establecer una frontera entre un antes y un después: antes estaba el desorden, ahora está el orden; antes estaba la opacidad, ahora está la transparencia; antes estaba el atraso, ahora está la modernización; antes estaba la vieja política, ahora está la transformación.

El problema es que Entre Ríos existía antes de Frigerio y seguirá existiendo después. Esa obviedad adquiere una dimensión profundamente política cuando un gobierno necesita construir su legitimidad sobre la idea de que su llegada representa un punto de quiebre histórico.

UNA PROVINCIA NO SE FUNDA CADA CUATRO AÑOS

Hay algo profundamente político en la pretensión de refundar una sociedad. Para fundar hay que establecer un origen y, para establecer un origen, decidir qué queda adentro de la historia y qué queda afuera. Ese es el punto donde la política deja de ser solamente administración y se convierte en disputa por el sentido.

¿Dónde comienza la historia de Entre Ríos? ¿En 2023? ¿En 2003? ¿En 1983? ¿En la Constitución de 2008? ¿En Rocamora y luego Posadas? ¿En Ramírez y la “República”? ¿En Urquiza, en la Confederación, en las luchas federales? La respuesta es ante todo política. Porque quien consigue imponer el punto de partida también consigue, en buena medida, definir qué debe ser considerado legado y qué debe ser considerado lastre.

Allí reside una de las mayores fortalezas del relato fundacional: permite gobernar el presente construyendo una determinada interpretación del pasado. Si todo lo anterior aparece como un mismo ciclo agotado, entonces todo lo nuevo adquiere valor por el solo hecho de ser nuevo. Pero la política democrática no debería elegir entre pasado y futuro, sino construir el futuro a partir de una lectura inteligente del pasado.

EL PASADO COMO ADVERSARIO

Toda construcción política necesita un adversario. A veces es una persona, un partido o una estructura; también puede ser el pasado. Cuando el pasado se convierte en adversario, todo lo anterior puede quedar bajo una misma etiqueta: lo viejo.

Así, lo que funcionó, lo que no funcionó, lo construido por distintas administraciones y las políticas que merecerían continuidad pueden quedar colocados bajo una misma categoría para que el nuevo gobierno aparezca como ruptura. Si todo lo anterior estaba mal, todo lo nuevo adquiere valor por el solo hecho de ser nuevo.

Pero la política democrática exige algo más complejo: reconocer que los adversarios también pueden haber hecho cosas bien, que los gobiernos anteriores no fueron únicamente errores, que el Estado no comenzó con quien acaba de asumir y que las sociedades acumulan experiencias, instituciones y aprendizajes. Ninguna administración recibe una provincia desde cero.

Esta es la primera parte de esta columna. El próximo domingo, la segunda entrega continuará con la discusión sobre la transformación como identidad de poder, sus resultados y los límites de un relato político que pretende explicar el presente a partir de una ruptura con el pasado.

(*) Abogado, Profesor de Enseñanza Superior y Concejal. Vicepresidente 1° del HCD de Concepción del Uruguay. Presidente del Bloque “Juntos por Uruguay” – PJ.

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